¿Cómo saber si un texto es serio o humorístico? ¿Qué sucede cuando ambas cosas se confunden? ¿Es posible crear textos de humor usando formatos serios?
Según
diferentes estudios sobre semiótica, desde Goffman a Lakoff, podríamos deducir
que un marco nos delimita una situación social en la cual un sujeto representa
un papel. Una situación humorística se construye a través de diferentes marcos,
un sujeto moviéndose de un marco a otro, de una situación seria a otra cómica
dentro de un mismo marco aglutinador. Así se crean equívocos, dilemas,
paradojas…..La cuestión viene por identificar y entender el marco.
Por ejemplo, en una agria polémica vivida en la prensa durante enero de 2011 a raíz de la “Ley 42/2010 de 30 de diciembre sobre medidas sanitarias frente al tabaco”. Tres periodistas, Francisco Rico, Arcadi Espada y Javier Cercas se enfrentaron mediante tres textos, de los cuales sacamos una conclusión: el problema de estos artículos es entender el marco en el que se está, sí estás en el marco adecuado coges la ironía y entiendes la broma, pero si no lo estás, pasa por un texto “serio” confundiendo el verdadero mensaje.
Otro
ejemplo lo encontramos en la película “Bienvenido Mr Chance” dirigida por Hal
Ashby en 1979, donde un elitista grupo de políticos y empresarios confunden a un
inculto jardinero por un gran estadista.
Aquí nadie sabe en qué marco se encuentra cada cual, por lo que se producen
situaciones realmente cómicas, al mismo tiempo que se hace una seria crítica de
la clase política.
Desde
que el periodismo es periodismo (Siglo XIX), el humor y la información “seria”
han caminado de la mano. La censura en esta etapa era muy rígida pero también
torpe. A través del humor, numerosos autores la eludían mediante le sátira y la
ironía. O sea, hacían pasar un texto serio por uno humorístico y así ejercían
la crítica. El mejor ejemplo es Larra.
Un
texto también es una imagen que nos dice cosas. Y una caricatura cómica puede
llegar a decirnos más que un texto “serio”. ¿Qué hay más serio que una guerra?,
pues en España, la Gran Guerra se conto a través de caricaturas además de
mediante sesudos y combativos artículos
periodísticos. Aquí Begará desde la revista “España” fue único.
En la
actualidad ya no existe la censura como tal, pero sí numerosos interese creados
por los medios, por lo tanto, el recurso del humor como arma critica vuelve a
ser útil, con el fin de trasmitir una información “seria” y hacerla
aparentemente inofensiva para los poderes facticos.
El
humor, la sorna y la sátira sobre temas que requieren seriedad ha alcanzado un
nivel insólito. El programa más visto del access prime time (la franja de
televisión previa a las horas de máxima audiencia) es El Intermedio, un espacio
que presume de contar “la verdad” a través de análisis alternativos sobre las
noticias más destacadas del día. Todo ello bajo un tono sarcástico y
humorístico que ameniza el relato. Le siguen programas como En el aire,
presentado por Buenafuente y los comienzos de Salvados, de Jordi Évole, que hoy
es referencia de periodismo entre los periodistas y, sin embargo, comenzó de graciosillo en las campañas electorales.
¿Qué
sucede cuando la opinión pública asiste a un bombardeo humorístico de temas
que, tratados con seriedad, no despiertan sonrisa alguna?
Lo
más lógico es pensar que esos contenidos se dirigen a una audiencia madura que
sabe encontrar la seriedad del asunto bajo el envoltorio gracioso. Es decir,
nadie restaría importancia a un drama aunque éste sea retratado públicamente
con humor. Pero, ¿pueden darse otras
consecuencias más sutiles?
Efectivamente
la risa ayuda a tragar con la “dura realidad”. Los consumidores y productores
de contenidos que hacen humor de asuntos serios pueden escudarse en que “no
hacen daño a nadie y nos alegran el día”. Su argumento es discutible,
especialmente porque no se le pregunta al desahuciado qué le parece si su
desgracia sirve de chiste para dos millones de personas.
Pero
además, si entendemos que en el mundo se cometen injusticias tales como hambrunas,
casos de corrupción, “accidentes” laborales, ataques terroristas, invasiones de
países, desastres ecológicos… hacer humor con ellos genera un efecto de
pasividad entre quienes podrían poner o reclamar una solución: los ciudadanos
de las sociedades democráticas, esas cuya base es (al menos en la teoría) la resolución de los
problemas colectivamente.
Un
exceso de humor a la hora de tratar determinados problemas sociales puede
funcionar como una especie de “sedante” que al final despierta una carcajada
entre millones de personas pero no les permite acumular rabia e iniciativa
suficientes como para tratar de involucrarse en estas problemáticas.
Dirán
contra esta teoría personal que los medios de comunicación sólo tienen la
finalidad de hacer caja con las risas, que no buscan la implicación de nadie. Y esto entonces, ¿afecta a la calidad democrática de la sociedad?
Y
a vosotros, ¿qué os parece?
AUTORES
Gabriel Arias
Javier Yagüe
BIBLIOGRAFÍA
"Notas y noticias sobre el marco". Jorge Lozano. Universidad Complutense de Madrid.


